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Reflexión

Cuando el cuerpo dice lo que la mente calla

Los dolores que no encuentran las palabras, a menudo encuentran un lugar en los órganos. Aprender a leer el cuerpo, también es aprender a conocerte.

Por Equipo SANTRA·29 de mayo de 2026·Fotografía: Sasun Bughdaryan / Unsplash
Cuando el cuerpo dice lo que la mente calla

¿Te ha pasado que tu cuerpo empieza a “hablar” justo cuando tú sientes que estás funcionando en piloto automático? Un insomnio que aparece de la nada, una contractura que no se suelta, digestiones lentas, una ansiedad difusa que no alcanza a ser pánico pero tampoco calma. Muchas mujeres viven así, especialmente entre trabajo, crianza, casa, familia y mil pendientes. Y, en ese ritmo, el cuerpo a veces levanta la mano antes de que la mente se permita hacerlo.

El psiquiatra Bessel van der Kolk, conocido por su trabajo sobre trauma y estrés, lo explicó con una frase que se volvió muy citada: “el cuerpo lleva la cuenta”. Dicho simple: aunque tú “aguantes” y sigas, tu sistema nervioso registra lo vivido. No para castigarte, sino porque ese es su trabajo. Mantenerte a salvo.

El cuerpo lleva la cuenta (y no es una metáfora)

Cuando atravesamos períodos de estrés sostenido, duelos, crisis, exigencias excesivas o experiencias que nos superan, no siempre hay espacio para procesarlo con calma. Quizá en el momento tocaba ser fuerte. Quizá alguien dependía de ti. Quizá no era posible parar.

El problema es que lo que no se elabora, se acumula. No en forma de “debilidad”, sino como tensión, hipervigilancia, cansancio crónico, irritabilidad, dolor corporal o desconexión emocional. El cuerpo tiene memoria: aprende qué cosas son peligrosas, qué situaciones requieren estar alerta, cuándo conviene apretar los dientes y seguir. Y con el tiempo, esa respuesta que alguna vez ayudó puede empezar a pasar la cuenta.

Van der Kolk describe cómo el estrés y el trauma pueden alterar el funcionamiento del cerebro y del cuerpo. En palabras cotidianas: si tu sistema nervioso se queda demasiado tiempo en “modo supervivencia”, es esperable que te cueste dormir, descansar, concentrarte o sentirte realmente tranquila, incluso cuando “todo está bien” por fuera.

Señales comunes que muchas normalizan

No necesitas haber vivido un evento extremo para que tu cuerpo muestre señales. Muchas veces el desgaste es silencioso y acumulativo. Algunas pistas típicas:

  • Insomnio o sueño liviano, con despertares frecuentes.
  • Contracturas, dolor de cuello, mandíbula apretada.
  • Problemas digestivos, colon irritable, acidez.
  • Taquicardia, sensación de nudo en el pecho o en la garganta.
  • Fatiga persistente, aunque duermas.
  • Irritabilidad, llanto fácil, sensación de estar “al límite”.

La idea no es auto-diagnosticarse, ni restarle importancia a lo médico. Es más bien abrir una pregunta: ¿qué está intentando decirme mi cuerpo?

Escuchar antes de silenciar

Muchas mujeres se sienten culpables por “no poder con todo”. Y frente al síntoma, lo más común es buscar apagarlo rápido: un café para la fatiga, un analgésico para el dolor, una pantalla para distraerse, un “ya se me va a pasar” para aguantar. A veces eso es necesario, y la medicina es un apoyo fundamental.

Pero van der Kolk propone algo complementario: antes de silenciar, escuchar. No desde la paranoia, sino desde la curiosidad y el cuidado.

Por ejemplo:

  • Si tu espalda duele, puede ser postura, carga física y falta de movimiento.
  • Pero también puede ser el “peso” de sostener demasiado sola.
  • Si tu estómago está sensible, puede ser alimentación o estrés.
  • Y también puede ser la señal de que estás tragándote palabras, enojo o tristeza.

No es que el cuerpo “invente” síntomas. Es que el cuerpo integra todo: lo que comes, lo que duermes, lo que piensas, lo que callas, lo que sostienes.

Volver al cuerpo con amabilidad

Una parte importante del enfoque de van der Kolk es que la recuperación no ocurre solo hablando. Hablar ayuda, pero muchas veces no basta. El cuerpo necesita experiencias nuevas de seguridad. Y eso se construye de a poco.

Aquí van ideas simples, realistas, que no exigen grandes cambios:

  1. Respiración corta, varias veces al día. Un minuto inhalando lento y exhalando más largo. Esto le dice al sistema nervioso: “por ahora, estamos a salvo”.
  2. Escaneo corporal de 30 segundos. Pregúntate: ¿dónde estoy tensa? ¿mandíbula, hombros, abdomen? Afloja un 5%, no más. Pequeño, pero constante.
  3. Movimiento amable. Caminar, estirar, bailar una canción, yoga suave. El objetivo no es rendimiento. Es descargar tensión.
  4. Límites pequeños. Un “hoy no puedo”, un “lo veo mañana”, un “necesito 20 minutos”. Poner límites es una forma de cuidado corporal.
  5. Contacto seguro. Conversar con alguien que te haga bien, pedir ayuda concreta, abrazar si lo deseas. El sistema nervioso se regula en relación.

Tu cuerpo no te traiciona: te protege

Si has sentido que tu cuerpo “te falla”, vale la pena cambiar el enfoque. Muchas veces, tu cuerpo está intentando ayudarte a sobrevivir a una vida demasiado intensa. El síntoma no es tu enemigo. Es una señal.

Aprender el idioma del cuerpo no significa vivir pendiente de cada molestia. Significa desarrollar una relación más amable contigo misma. Una en la que descansar no sea un premio, y pedir apoyo no sea una derrota.

Si algo de esto resuena, considera acompañarte con profesionales de salud. Y mientras tanto, empieza por lo básico: escuchar lo que sientes, darle nombre, y tratarte con el mismo cuidado que ofreces a otras personas.